La sesión “Ganadería o Cenizas”, moderada por el secretario de Anembe, Marco Aurelio Sánchez Moreiro, reunió a Gonzalo Palomo, veterinario e investigador vinculado a la Universidad de Extremadura y al Proyecto Mosaico, y a Jorge Conte, climatólogo y responsable de la iniciativa de ganadería regenerativa Moncayo Ecológico (Noviercas, Soria). Desde experiencias diferentes, ambos coincidieron en un diagnóstico: el pastoreo puede reducir combustible, mejorar la resiliencia y sostener actividad rural, pero su aplicación práctica tropieza a menudo con normas alejadas de la realidad de muchos pueblos.
El problema no siempre es una prohibición expresa. A veces aparece como una suma de requisitos: escrituras, contratos, cesiones formalizadas, herencias aceptadas o autorizaciones de copropietarios. Sobre el papel ofrecen seguridad jurídica; sobre el terreno pueden hacer que el ganadero desista. Una finca que deja de pastarse acumula vegetación y acaba incorporándose a la masa combustible que alimenta los incendios.
Menos incendios, pero más extremos
Uno de los puntos de partida de Palomo fue la “paradoja de la extinción”. Los servicios de prevención y extinción han mejorado su capacidad para apagar incendios en sus fases iniciales. Eso ha reducido muchos fuegos pequeños, pero, si el monte no se gestiona, la biomasa continúa acumulándose. Cuando coinciden altas temperaturas, baja humedad, viento y continuidad vegetal, el fuego puede alcanzar una intensidad difícil de controlar.
“La mayor efectividad de los servicios de extinción ha hecho que la reducción de biomasa forestal no sea paulatina, con pequeños incendios, sino que se va acumulando hasta que se desatan esos megaincendios fuera de capacidad de extinción”, explicó.
Estos incendios no se definen solo por la superficie quemada: pueden generar nuevas igniciones y vientos erráticos, hasta obligar a los equipos de emergencia a priorizar la protección de personas e infraestructuras.
El cambio climático agrava el riesgo, pero Palomo subrayó que el fenómeno no se entiende sin el abandono rural. Allí donde antes había cultivos, pastos, ganado, caminos transitados y actividad humana, hoy existen masas continuas de vegetación. “Hay cierto consenso científico en que la causa última de esta gran acumulación de biomasa sería el abandono de los montes consecuencia de la despoblación rural”, afirmó.
Conte observó el mismo proceso desde la finca. Cuando una zona deja de pastorearse no solo se pierde un recurso económico: “Se está perdiendo el ecosistema que ha sustentado la vida en todas sus expresiones, incluyendo la humana, sobre estas tierras”. A corto plazo aumenta el riesgo de incendio; a medio y largo plazo se deterioran el suelo, la infiltración de agua y la respuesta ante sequías e inundaciones.
Recuperar un paisaje en mosaico
El Proyecto Mosaico, desarrollado en el norte de Extremadura, parte de una idea sencilla: un paisaje diverso y gestionado es menos vulnerable al fuego que una masa continua de combustible. Su objetivo es recuperar una matriz formada por pastos, cultivos, bosquetes, matorral gestionado, zonas forestales ordenadas y actividad ganadera.
En comarcas como Sierra de Gata, Las Hurdes o La Vera, el proyecto trabaja con ganaderías, administraciones y técnicos para identificar áreas donde el pastoreo puede reducir el riesgo. No se trata simplemente de introducir animales en el monte, sino de decidir dónde, cuándo, con qué carga y con qué objetivos.
Este enfoque obliga a revisar una inercia histórica: durante décadas, parte de la política forestal ha considerado al ganado más como un peligro para la reforestación que como una herramienta de gestión.
Palomo diferenció los cortafuegos lineales clásicos de los Puntos Estratégicos de Gestión (PEG). Muchas de las infraestructuras conocidas como cortafuegos funcionan sobre todo como vías de acceso para los medios de extinción, pues un incendio intenso puede superarlas mediante pavesas. Los PEG son zonas seleccionadas tras analizar el territorio y el comportamiento histórico del fuego, en las que se reduce combustible para facilitar maniobras seguras y limitar la potencialidad de un gran incendio.
El fuego ocurrido en mayo de 2023 en el Chorrito de Ovejuela, en Las Hurdes, mostró el efecto de estas actuaciones. “Pudimos comprobar cómo un pastoreo bien planificado y ejecutado puede ralentizar el avance del fuego e incluso salvar amplias zonas”, recordó Palomo, quien lamentó que no se hubiera podido actuar sobre una superficie mayor.
El ganadero, prestador de servicios ambientales
Para que el pastoreo preventivo funcione debe planificarse y medirse. En los primeros pilotos de Mosaico participaron ganaderías de caprino, ovino, vacuno y mixtas. Los rebaños de ovejas y cabras lograron un mayor cumplimiento en algunos cortafuegos, y en paisajes muy matorralizados el caprino obtuvo mejores resultados.
La eficacia se evalúa mediante indicadores de ejecución y disponibilidad forrajera. El ganadero asume compromisos y su trabajo debe verificarse. Por eso, Palomo defiende un pago por servicio ambiental, no una subvención genérica.
“Esto no debe ser un café para todos”, advirtió. La remuneración tendría que modularse según el grado de cumplimiento y pagar una función concreta: reducir combustible en áreas estratégicas y contribuir a la gestión del territorio. Se añaden otros beneficios, como el mantenimiento de la biodiversidad, la mejora de la fertilidad del suelo, el secuestro de carbono y un coste inferior al de algunos tratamientos mecánicos.
En Extremadura se han planteado pagos para cortafuegos y PEG, con perspectivas de alcanzar los 200 euros por hectárea en el marco del PEPAC. Palomo considera que es un incentivo interesante, pero insuficiente sin infraestructuras, apoyo técnico y profesionales. “Nos arriesgamos a llegar tarde con estas medidas en muchos territorios”, alertó. Sin explotaciones activas, no habrá quien preste esos servicios.
Normas que bloquean el pastoreo
La rentabilidad no es el único freno. Palomo citó las dificultades para obtener un registro de explotación cuando se exigen condiciones inviables en determinados montes, como el cierre perimetral, y la ausencia frecuente de abrevaderos, accesos o establos.
Otro problema es acreditar el derecho de uso de los terrenos. En muchos pueblos hay fincas con varios herederos, acuerdos verbales, propietarios emigrados, parcelas sin actualizar y comunidades sin una representación clara. Exigir escrituras o contratos plenamente formalizados puede bloquear el aprovechamiento durante años. “Al ganadero le llega la jubilación antes que la autorización de pastoreo”, resumió.
En ciertos montes tampoco existe una “firma cualificada”, por ejemplo, en terrenos de socios sin junta gestora. Palomo propone que el pastoreo preventivo pueda considerarse una obra forestal o prestación de servicio, de modo similar a la entrada de una cuadrilla, y que la autorización de uso no sea siempre un requisito previo imposible.
Conte se ha encontrado en Soria con la exigencia de vallados físicos. Son costosos, pueden afectar al ecosistema y sufrir daños por la fauna silvestre. Frente a ellos, defiende los collares de vallado virtual, que permiten delimitar áreas, localizar a los animales y adaptar el manejo sin instalar cierres permanentes. “Son incluso más eficaces que los vallados físicos”, afirmó.
No se trata de eliminar controles, sino de adaptar los procedimientos. Palomo recordó que en Galicia existen fórmulas de flexibilización para acceder a terrenos por el interés general de la prevención de incendios y consideró que deberían estudiarse en otros territorios. El proyecto LIFE RESIFIRE analizará también posibilidades normativas y modelos de contratación de servicios ambientales.
Del fuego al suelo
Conte amplió el foco desde el paisaje que arde hasta el suelo que se degrada. El suelo no es un soporte inerte, sino un ecosistema vivo formado por minerales, materia orgánica y microorganismos. Cuando se degrada, infiltra peor el agua, resiste menos las sequías y agrava las inundaciones. “El suelo muerto es la consecuencia de la desertificación”, explicó.
Desde la ganadería regenerativa, sostiene que el ganado puede formar parte de la solución: “La frontera entre problema y solución está en el manejo”. El animal puede actuar como extractor de recursos o integrarse como una pieza del ecosistema. Conte también advirtió sobre el uso impreciso del término “regenerativo”: no debe contraponerse a la ganadería ecológica, sino entenderse como un paso más, en el que se mide si las prácticas mejoran realmente el suelo, la biodiversidad y la resiliencia.
El manejo regenerativo imita el movimiento de los grandes herbívoros y se apoya en tres principios: altas cargas instantáneas, tiempos cortos de pastoreo y periodos largos de descanso. Así se favorece el “efecto manada”, se evita consumir el rebrote y se permite que las plantas recuperen reservas.
El sobrepastoreo, insistió, no depende solo del número de animales, sino del tiempo que permanecen en una zona y de si regresan antes de que la planta se recupere. “La clave para no sobrepastorear es el tiempo de permanencia en un mismo sitio, y no el número de animales que estén en ese sitio”.
Este manejo influye también en el carbono. Tras el pastoreo, la planta utiliza reservas radiculares para rebrotar y abandona parte de sus raíces, incorporando carbono al suelo. Conte lo definió como una “bomba de carbono”, pero precisó que no es un efecto automático: requiere presión suficiente, estancia breve y descanso adecuado.
Manejo adaptado al terreno
Moncayo Ecológico trabaja entre 1.200 y 1.500 metros de altitud, en un mosaico de praderas, bosques y monte. En las áreas bajas aplica, entre mayo y julio, cargas altas, tiempos cortos, pastor eléctrico, conducciones de agua y lotes diferenciados. A finales del verano y en otoño, el ganado se desplaza a zonas altas y boscosas, donde los collares de vallado virtual facilitan el aprovechamiento.
En invierno, la suplementación dirige el impacto animal hacia áreas matorralizadas o con suelo desnudo, donde los animales actúan como “desbrozadoras, abonadoras y esparcidoras de mantillo”.
Conte trabaja con Serrana Negra por su rusticidad, aptitudes maternales y facilidad de manejo. Moncayo Ecológico transforma y comercializa desde el territorio, en colaboración con la carnicería La Fresquera del Moncayo, para defender precios basados en los costes reales: “Queremos que nuestro producto llegue hasta el consumidor con el mismo cariño con el que se ha producido”.
Revisar las normas antes de pedir resultados
El vallado virtual aparece en ambas experiencias como una tecnología con potencial para recuperar áreas difíciles y reducir costes, aunque su utilidad queda limitada cuando la normativa exige cierres físicos. La innovación técnica necesita un encaje administrativo.
Palomo reivindicó asimismo el papel de los veterinarios. Desde las oficinas de zona hasta los profesionales de campo, suelen ser el primer contacto de los ganaderos con un entramado administrativo complejo y pueden colaborar en la tramitación, el seguimiento y la adaptación de criterios sanitarios a la realidad extensiva.
El pastoreo no es una solución aislada. Debe combinarse con quemas prescritas, desbroces, recuperación de cultivos, tratamientos selvícolas y planificación territorial. Conte reclamó a los responsables públicos “un cambio de visión” para reconocer que la agricultura y la ganadería regenerativas pueden ser alternativas rigurosas y viables ambiental y económicamente.
La conclusión compartida fue clara: si las administraciones quieren que el pastoreo ayude a prevenir incendios y mejorar la resiliencia climática, deben revisar las normas que lo dificultan. Ese análisis debe llegar a requisitos concretos: acreditación del uso de fincas, registros, vallados, autorizaciones, compatibilidad con otros aprovechamientos, pagos por servicios ambientales e infraestructuras básicas.
No se trata de eliminar garantías ni de ignorar los derechos de propiedad, sino de evitar que la protección formal bloquee usos beneficiosos. Una declaración responsable con controles puede ser más útil que exigir documentos imposibles; un vallado virtual puede resultar más adecuado que uno físico, y un pago por servicio ambiental, si se verifica el trabajo realizado, puede ser más justo que una ayuda genérica.
El pastoreo preventivo y la ganadería regenerativa requieren planificación, conocimiento y control, pero también una Administración capaz de comprender el terreno que regula. Sin esa revisión, muchas estrategias contra los incendios y el cambio climático seguirán chocando con un obstáculo poco visible: normas que impiden que el ganado entre precisamente donde más falta hace.