¿Cómo recibiste la llamada del ganadero que te puso en alerta sobre el estado de salud de su rebaño?
Es una de las situaciones profesionales que me quedarán de por vida. Fue una llamada extraña, porque la recibí un viernes por la tarde y yo no me dedico a las urgencias. La devolví en cuanto pude y el ganadero me comentó el caso que estaba sufriendo en la granja: un descenso de producción de unos siete litros de media por vaca y día y varios animales con fiebre. Además, me informó de que el trabajador había visto algunas vacas con bultos.
¿Ahí te diste cuenta de lo que podría estar ocurriendo?
Con los antecedentes que teníamos en Francia, ya le comenté la posibilidad de la DNC. Intenté calmarlo, le dije que pidiese levaduras y antiinflamatorios para intentar aflojar la fiebre. Quedamos en que me pasaría por las instalaciones al día siguiente por la mañana.
¿Qué protocolo se siguió?
Hablé con los compañeros del Departamento de Agricultura, Ganadería, Pesca y Alimentación (DARP por sus siglas en catalán) de la Generalitat y ya me advirtieron de la necesidad de declarar la situación, aunque no supiéramos exactamente de qué se trataba. Al día siguiente, sábado, ya se comunicó el primer caso de dermatosis nodular contagiosa en España, justo en una granja cercana. Llamé al ganadero, enviamos al veterinario clínico a recoger las muestras y, posteriormente, se confirmó un caso positivo.
¿En qué situación quedó la granja?
Muy afectada. Se procedió al vacío sanitario y aún no están ordeñando (abril 2026). Les ha cogido en un momento de bonanza económica y, gracias a los precios de la leche y a que los insumos no estaban extremadamente caros, podían disponer de remanente. Con respecto a la Administración, me aseguran que la indemnización por los animales ha sido perfecta. No obstante, por otra parte, está el lucro cesante, lo que han dejado de generar por no poder trabajar estos seis meses. Nadie ha venido a preguntarles si podían pagar la hipoteca y hacer frente a otros gastos.
¿Por qué no han podido incorporar vacas antes?
Hace unos meses, cuando les autorizaron volver a introducir vacas, salió un nuevo caso positivo cerca y les quitaron el permiso. Otro asunto es que la Administración les exigía un mínimo de cabezas de rebaño para volver empezar. Ahora han llegado a un acuerdo, pero necesitan realizarle una PCR en origen al animal. Esto provoca que otros ganaderos no se arriesguen a vender, ya que, si les sale un positivo, vacían su granja por hacerle el favor de venderle alguna vaca. La decisión que han tomado es intentar traer animales de Francia con la PCR, pero ya vacunados.
¿Es difícil conocer el origen de la enfermedad?
Los veterinarios están buscando el caso cero y me parece imposible. Hay alguna res que puede tener síntomas, pero esta enfermedad no afecta al 100 % del rebaño. Yo he tenido casos de diarreas invernales que tienes el rebaño afectado una semana y baja mucho la cantidad de leche, pero si no hay una eclosión muy fuerte del virus puede pasar medio desapercibido en cuanto a la enfermedad en sí.
No obstante, la conexión de la zona con Francia es innegable…
Sí. Todo el borde del Pirineo estaba lleno de brotes y existe movimiento de bovinos de un lado y de otro. Con todo, tampoco importa ahora mucho de dónde ha venido. Ya está aquí y a ver cómo sigue la situación.
¿Qué características presentaban las ganaderías afectadas?
Tres son de leche, mientras que el resto destina su producción a carne y cebo. Es una zona ganadera con clima mediterráneo y que se caracteriza por sus marismas, áreas húmedas en las que el vector puede vivir bien. Además, como hemos comentado, están en contacto directo con Francia, con el paso de camiones y animales correspondiente.
¿Cómo valoras las medidas de contención y vigilancia que se han adoptado una vez se han conocido estos casos?
Tengo menos conocimiento que muchas de las personas que están decidiendo a altos niveles el manejo de esta enfermedad, pero lo que tengo claro es que, cuando hay una fuga, es mejor poner un buen tapón que ir poniendo taponcitos pequeños. No depende solo de Cataluña ni de España, es un problema internacional, pero yo habría vacunado a todo el ganado bovino español.
¿Qué opinas de la gestión de los distintos brotes?
En España lo hemos hecho muy bien, pero, aun así, nadie nos garantiza que de aquí a tres semanas estemos hablando de desgracias, por eso yo habría sido más radical. Entiendo que a nivel político no podamos hacer lo que queramos. Existen unas normativas y se deben seguir las pautas europeas. Ya Europa nos concedió una vacunación diferente a la que estaba establecida, porque el sistema autorizado se distribuía en círculo con respecto al área afectada y aquí se permitió desplegar vacunación preventiva más allá del núcleo inicial.
¿La vacunación es la única vía posible para controlar la enfermedad?
Sí, pero vamos a tener que convivir con enfermedades que antes no nos afectaban. Los vectores están ahí con el clima, que es cada vez más cálido en lugares que antes no lo eran.
¿Qué importancia tiene controlar estos vectores en granja?
Esta situación ha despertado la conciencia sobre la bioseguridad en Girona; por ejemplo, que el camión de recogida de cadáveres no entre hasta el final de la nave o que los comerciales no pasen hasta la cocina. No vas a poder reducir el riesgo a cero, pero, si tienes un millón de moscas, tendrás más posibilidades de contraer la enfermedad que si hay cien mil.
¿Cómo prevés el verano?
No soy adivino, pero he estado recogiendo información y no pinta muy bien. Se dan las situaciones propicias para que la enfermedad se pueda propagar, ya que tenemos un continente al sur de la península donde la enfermedad es endémica y, al norte, en Francia los casos han sido bastante numerosos.
¿El cierre de fronteras de países podría servir de algo?
Los vectores no saben de fronteras. Detendrás el transporte animal, pero es que nadie va a parar el movimiento de un mosquito. Son unos 50 kilómetros de distancia y, con viento a favor, según qué insectos, son capaces de moverse. Además, no es tan fácil el cierre de fronteras por los intereses que hay en juego. Existe mucho movimiento, tanto de animales vivos como de canales. Si proceden de una zona endémica está claro que hay que intentar no traerlos, pero después, ¿dónde ponemos la frontera?
¿Cómo está la situación de las ganaderías de Mallorca afectadas por el cierre de Agama?
Envían la leche a la península asumiendo los ganaderos el coste del transporte. Esto significa que, al incremento del gasto de producción en las islas (ronda los 50-60 €/tonelada), le tienen que sumar el traslado de la leche (90 €/tonelada). Con 150 €/tonelada de sobrecoste el negocio es inviable. La Consejería del Govern Balear está implicada con grupos inversores, pero la realidad es que estos ganaderos producen sabiendo que si estuvieran en la península ganarían 15 céntimos/litro más.
¿Cómo se ha llegado a este desenlace?
Al principio estaba ilusionado, porque pensé que la entrada de un gran grupo como Damm podía ordenar y dar estabilidad al sector en Mallorca. No obstante, llegó un punto en el que quedó claro que su objetivo no era sostener la producción de leche, sino salir del negocio. Y lo fueron haciendo poco a poco: redujeron recogidas, cerraron granjas y pusieron obstáculos. Se gestionó con poco tacto, porque detrás hay familias con inversiones enormes a las que se les había prometido la recogida. Mallorca tenía un modelo de ganadería intensiva comparable al de la península y con reestructuración podía ser viable. Simplemente, desde el punto de vista empresarial no interesó.
Has sido actor en los planes de viabilidad de Damm en Mallorca. ¿Nos podrías comentar alguna parte de ese plan?
Por el acuerdo de confidencialidad no puedo dar detalles, pero sí la idea general. Cuando Damm entró, hizo una inversión importante y Agama era solo una parte pequeña, no el negocio principal. Al inicio se plantearon medidas para ganar competitividad, como obtener el sello de bienestar (Welfare), y se trabajó con los ganaderos para ordenar el sector: facilitar la jubilación a quienes no podían continuar y apostar por las ganaderías con futuro. Ese enfoque iba en buena dirección, hasta que se cambió la orientación del negocio y se dejó de priorizar la recogida y el apoyo al ganadero.
¿Existe demanda de leche en Mallorca?
Sí. No hablamos de exportar grandes volúmenes, sino de cubrir una parte del consumo local. El problema es que se tomó la decisión empresarial de abandonar la leche y quedarse solo con lo que interesa más, como la marca del batido Laccao, muy popular en la isla.
¿Cuántas vacas quedan en este territorio insular?
Sirviendo a Agama quedaban unas 600 y, de estas, ya han forzado la jubilación de algunos ganaderos, por lo que quedarán unas 380 vacas en lactación. El resto de las granjas entregan a un quesero local, pueden ser unas 400 más.
¿Está en riesgo de desaparición la ganadería de leche mallorquina?
Está desapareciendo porque ha habido poderes fácticos que así lo han querido. No solo es culpa del grupo Damm, porque el sector llevaba varios años desasistido por el Govern.
No creo que haya que ir a rescatar ganaderos, pero apoyar un trabajo que es viable porque la producción se va a consumir en la isla no era tan complicado. Yo propuse vías que no se han seguido.
¿Cómo te está afectando esta realidad a nivel profesional y personal?
A nivel profesional, de forma muy tangible: en los últimos cuatro meses estoy facturando unos 1.000 euros menos porque han cerrado clientes. Eso, dentro de lo que cabe, se compensa con otros trabajos. Lo duro es que ese dinero venía de tres granjas a las que he acompañado durante más de 15 años y con las que he generado una relación personal. Ves a gente que llevaba toda la vida en el sector y que se ha visto obligada a jubilarse sin querer, simplemente porque deja de haber recogida. Da mucha rabia, porque llevas años trabajando para profesionalizar esas ganaderías, mejorar producciones y reducir costes.
Mallorca es un entorno difícil —por insularidad, precios y logística— y aun así había granjas viables. Estoy convencido de que si hubiera tenido un apoyo el sector iría hacia adelante. Esos ganaderos, si los colocásemos en cualquier sitio de la península, hubieran sido unos cracks, porque han tenido que ser muy resilientes.