Galicia, por su estructura agraria actual, por la diversidad climática, por el tipo de suelos y por la sociología, es un territorio especialmente preparado para este modelo. La evolución de los últimos años es contundente: hoy superamos las 46.000 hectáreas certificadas, con más de 1.500 operadores y una facturación que ronda los 118 millones de euros, cifras que no dejan de crecer año tras año. El sello Craega se ha convertido en un garante reconocido, y la presencia de esta producción llega ya a casi todos los municipios del país (al 90 %). Este crecimiento no es casual. Como sistema de producción, genera más empleo por hectárea, fija población, favorece el policultivo, la pluriactividad, incluso el pluriempleo (agricultura profesional a tiempo parcial) y aporta valor añadido a los productos. Una explotación que certifica en ecológico, bien gestionada, es más que una granja: es un “proyecto de vida” que puede combinar, y combina en muchos casos, producción, transformación, turismo, divulgación e identidad territorial. En Galicia esto es especialmente visible en sectores como la carne (aunque en la actualidad presenta problemas de diferenciación en precio), la leche, la huerta, el pescado o la fruta, donde la demanda supera en muchos casos a la oferta.
Si miramos hacia el continente europeo, vemos que la UE aspira a alcanzar el 25 % de la superficie ecológica en 2030. Países como Austria o Estonia ya superan el 20 %. Galicia está cerca del 5 %, pero con un ritmo de crecimiento superior a la media europea y con una característica diferencial: la producción ecológica gallega está mucho más ligada al territorio y a la cultura agraria que en otros países. No es solo una técnica, es una forma de entender el rural. En el mundo, esta agricultura avanza con fuerza en América Latina, India y Oceanía. La razón es simple: los suelos degradados —que ya representan cerca de un tercio de los suelos del planeta (FAO)— solo se recuperan con prácticas que devuelvan vida al suelo. La ecología es hoy una herramienta de restauración, no solo de producción, y, por supuesto, si se modifican ciertos hábitos de consumo poco saludables y no sostenibles desde el punto de vista energético, será, seguramente, la forma más justa de alimentar mejor a todos los seres vivos y cuidar el planeta.
Otro aspecto que cabe destacar, volviendo al territorio gallego, es la relación entre la práctica ecológica y la longevidad, que no se explica por una dieta exclusivamente concreta, sino por un modelo mixto basado en alimentos frescos, de proximidad y producidos con prácticas sostenibles desarrolladas desde épocas ancestrales, además de una sociología y una forma de vida sin desconexión total con la tierra. La carne de cerdo y vaca, destacando la Ternera Gallega Suprema y Ecológica (algo totalmente exclusivo), el pescado atlántico, el mejillón, las algas, la leche, el pan, las patatas, la fruta y la huerta conformaron durante siglos una dieta equilibrada, con baja presencia de ultraprocesados y alta densidad nutricional. No deben alarmar los estudios internacionales que relacionan la proteína vegetal con una mayor esperanza de vida, puesto que, mayoritariamente, se refieren a países donde el consumo de carne industrial es excesivo. En Galicia, por el contrario, la proteína animal procede históricamente de sistemas extensivos (ecológicos de facto), por lo que no supone un factor negativo, sino parte de un patrón alimentario muy saludable y, sobre todo, sostenible. La agricultura ecológica actual no pretende eliminar la proteína animal, sino garantizar que tanto los alimentos de origen vegetal como los de origen animal mantengan la calidad de vida de las personas, de los animales y de las plantas, lo que ha hecho de Galicia una de las regiones más longevas de Europa.
Las grandes investigaciones europeas demuestran que las dietas basadas en alimentos frescos, poco procesados y producidos con base en las técnicas que nos ocupan reducen la mortalidad prematura y mejoran la salud cardiovascular, metabólica y cognitiva. ¿Por qué? Porque certificar la agricultura ecológica produce alimentos con menos residuos químicos, más densidad nutricional, mayor diversidad microbiológica y menor impacto inflamatorio. La microbiota intestinal —clave en la salud global— responde mejor a alimentos ecológicos y de proximidad, y esto encaja perfectamente con la cultura alimentaria gallega. Por tanto, no es casualidad que Galicia tenga una de las mayores esperanzas de vida de Europa. La dieta atlántica tradicional, combinada con un territorio que avanza hacia modelos ecológicos, es una de las mejores fórmulas conocidas para vivir más y mejor. Estoy plenamente convencido de que, al igual que las agricultoras y agricultores de Galicia fueron capaces de convertirse en referentes en la producción de leche (por ejemplo) en Europa y en el mundo, serán y seremos capaces de convertirnos en un referente entre el campesinado más sostenible del mundo, demostrando que producir alimentos de calidad, cuidando el medio ambiente, puede hacerse y, además, para todos y todas.
Por todo ello, la agricultura ecológica no es solo una técnica agraria. Es una política pública, muy democrática, una estrategia de país y una oportunidad histórica. Galicia tiene territorio, tiene tradición, tiene operadores formados, tiene demanda y tiene marca. Si sabemos consolidar este camino, Galicia puede ser —y está siendo— un faro atlántico de un modelo que une tierra, mar, economía y vida.
Autor: Marcos Vázquez Marey, responsable de Promoción del Craega, por el Día de la Agricultura Ecológica de 2026.